por: Daniel Mendoza Benítez
Tanto tiempo libre para el deleite del ocio, que proporciona un domingo de agosto sólo puede servir para que el cuerpo se deje controlar por las tentaciones reprimidas de un sábado de inconsciencia permeado por el alcohol. Zafarse de los brazos de Morfeo entrada la tarde, para sucumbir ante la insistencia perturbadora de Lucifer, en un tiempo en el que el desenfreno carnal es menester de la agitación hormonal y su expresión morbosa, cuestión insaciable.
Todos los domingos esconden tras su ambiente de descanso y compensación física un murmullo de deseos y conspiraciones nocturnas, que toman cuerpo al caer la soledad funesta de un lunes próximo.
Mientras todos duermen, y los que no sufren la pena del insomnio, se manifiestan toda clase de amores fugases. En las sombras, la incertidumbre de una silueta que parece uniforme se diluye y revela la dualidad de una pasión. Estas y muchas cosas más pasan con la complicidad del domingo.
Pero no es el domingo alcahuete lo que perturba mi mente.
Mi problema es con los lunes. Los lunes de decepción, arrepentimiento y reflexión. Ese sentimiento de culpa que la almohada no logra absorber, y que a lo largo del día se manifiestan como duda vaga y persistente –si pudiera devolver el tiempo- pesa como la conciencia sucia y avala la autoreprensión moral; “los miles de arrepentimientos después del placer de haber pecado” carcome todo un día que al final termina siendo ruinas de un instante de provecho que pudo ser.
La semana debería empezar el martes…
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