jueves, 20 de octubre de 2011

El pajarito

El pajarito

Yo nunca llegué a familiarizarme con ninguno de los juguetes que tuve, pero recuerdo que la amistad que no pude encontrar en un juguete, me la dio un pájaro.
Filiberto era un pájaro que es conocido como “pirra”, su plumaje se distribuía entre un color café claro y un negro que cuando se ponía al sol lanzaba destellos tornasolados. Sus patas eran delgadas, sus pico negro y puntiagudo, sus ojos negros y profundos y aunque estaba enjaulado su aleteo hacia parecer que estuviera en el cielo, libre. Tenía tres formas de trinar. Filiberto era mi mejor amigo.
A él lo atrapé un día que había llovido de madrugada, como a las 9 de la mañana en un terreno baldío cerca de mi casa. Lo saqué de la trampa en la que cayó y lo metí en una jaula de angeo de forma cúbica y de poco tamaño. Después de atraparlo caminé hacia mi casa y cuando llegué, lo cambie a otra jaula más amplia. Al principio de su cautiverio era arisco y se estrellaba contra las paredes de la jaula buscando un hueco por el cual escaparse, pero después de aproximadamente diez meses se resigno a perder su libertad y se comportaba manso, tan manso que me atrevía a soltarlo por unos 30 minutos para llamarlo después a que volviera a la jaula.
Precisamente esa libertad que lo dejaba sentir por unos minutos fue la causa de su desaparición. Un día lo solté a eso de las 8:00 am y como estaba ocupado haciendo el desayuno lo dejé más tiempo del acostumbrado fuera de su jaula. Una hora después de haberlo soltado, salí a buscarlo por todos los árboles de la cuadra, silbaba la melodía con la que lo llamaba para que el regresara. Mientras miraba en el interior del follaje de los árboles pensando que me estaba jugando una broma.
Cuando llevaba más o menos 10 minutos buscando, una vecina me preguntó que sí estaba buscando un pájaro, yo le dije que sí; ella me mostró en sus manos a Filiberto muerto.
Me dijo que su gato lo había atrapado cuando estaba en el suelo comiendo piedrecitas. “El gato el gato lo atrapo y lo asfixio, cuando se lo iba a comer, yo se lo quité” me dijo. Yo se lo arrebate; miré su cuerpo buscando algún signo de vida, lastimosamente ya no los tenía. Lo llevé a mi casa y lo sepulté en un pequeño hueco en el suelo del patio. Su muerte me dolió tanto que lloré y me sentí triste por muchos días.

DANIEL ENRRIQUE MENDOZA BENÍTEZ

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