jueves, 20 de octubre de 2011

Los lunes me siento mal

por: Daniel Mendoza Benítez

Tanto tiempo libre para el deleite del ocio, que proporciona un domingo de agosto sólo puede servir para que el cuerpo se deje controlar por las tentaciones reprimidas de un sábado de inconsciencia permeado por el alcohol. Zafarse de los brazos de Morfeo entrada la tarde, para sucumbir ante la insistencia perturbadora de Lucifer, en un tiempo en el que el desenfreno carnal es menester de la agitación hormonal y su expresión morbosa, cuestión insaciable.

Todos los domingos esconden tras su ambiente de descanso y compensación física un murmullo de deseos y conspiraciones nocturnas, que toman cuerpo al caer la soledad funesta de un lunes próximo.

Mientras todos duermen, y los que no sufren la pena del insomnio, se manifiestan toda clase de amores fugases. En las sombras, la incertidumbre de una silueta que parece uniforme se diluye y revela la dualidad de una pasión. Estas y muchas cosas más pasan con la complicidad del domingo.

Pero no es el domingo alcahuete lo que perturba mi mente.

Mi problema es con los lunes. Los lunes de decepción, arrepentimiento y reflexión. Ese sentimiento de culpa que la almohada no logra absorber, y que a lo largo del día se manifiestan como duda vaga y persistente –si pudiera devolver el tiempo- pesa como la conciencia sucia y avala la autoreprensión moral; “los miles de arrepentimientos después del placer de haber pecado” carcome todo un día que al final termina siendo ruinas de un instante de provecho que pudo ser.

La semana debería empezar el martes…

El suéter 17

El Suéter 17

Por:Steffan Bohórquez Cuello

Una tarde sentado en los escalones que daban a la entrada de la casa, me sentía decepcionado y un poco frustrado; era nuestra séptima derrota en línea, pensé que la victoria no existía para nosotros, ése era el frio pensamiento que nos habían sembrado los chicos de la otra cuadra; esa tarde Papá llego con un gran regalo para mí, un suéter; lo cual se me hizo muy extraño de él, Papá sólo me daba regalos cuando era mi cumpleaños y cuando me iba muy bien en las calificaciones de colegio; pero no pasaba ninguna de las dos situaciones lo cual se me hizo muy extraño recibir un regalo de parte de él en esa época. El suéter que me dio no era cualquier suéter, aunque cuando lo vi aparentaba ser un suéter normal, era de color gris claro combinado con un azul turquí y una esfera naranja que suponía ser un balón; pero cuando le di la vuelta, tenia estampado el numero 17 con un azul muy resaltante, desde ese entonces se convertiría en El Suéter 17.

En ese entonces, me costaba entender el porqué un suéter común y corriente, tenía un numero estampado en su parte trasera, se supone que los suéteres que tienen números son los de los equipos de futbol, beisbol, basquetbol e incluso vóleibol; pero el mío tenia un numero sin pertenecer a ninguno de estos deportes, entonces me preguntaba insistentemente cuándo debía colocarme este suéter, recuerdo haberlo guardado hasta cuando estuviera decidido, de cual debería ser ese momento en la que convenía colocármelo.

Si mi memoria de infante no me traiciona, recuerdo la vez que me puse por primera vez ese suéter, sentía una rara emoción; me creía como todo un atleta y me preguntaba si el suéter tenía algún poder especial. Una tarde del mes de octubre, mis amigos llegaron a casa a buscarme para que jugara futbol en el equipo de ellos contra el equipo de la otra cuadra, ya que entre nosotros había una gran rivalidad, que sólo se saciaba en la arena; ese día mire El Suéter 17 y no dudé en colocármelo para descubrir que era capaz de hacer con el.

Llegamos al Campito, nuestro lugar de juego; un viejo parqueadero que amoldábamos y lo convertíamos en todo un campo de futbol. Nuestro juego empezaba a las 3:00 Pm, era la hora perfecta porque todos lo autos que se estacionaban en ese lugar no estaban allí; sólo faltaba media hora para las tres; era turno de nuestro equipo buscar los arcos y ponerlos en su sitio para el encuentro, era la séptima vez que lo hacíamos de seguido; después de haber acondicionado el parqueadero en todo un estadio, el partido de futbol estaba por comenzar. El equipo de la otra cuadra llego muy puntal y con mucha arrogancia, todo porque llevábamos una larga temporada sin ganarles y se creían superiores a nosotros, por esa razón era que siempre era nuestro turno colocar los arcos y amoldar el parqueadero.

El juego empezó, me sentía muy seguro de mi mismo, era la sensación que me daba El Suéter 17 y aparte de seguridad en mí, me daba capacidad y muchas ansias de victoria. Ese día ganamos tres goles por dos, el quinto y ultimo gol fue el que nos llevo a la victoria, sin contar que fue anotado por mí y El Suéter 17; mis compañeros de equipo celebraron conmigo y me pidieron que cada vez que jugáramos, procurara llevar el suéter de la victoria, El suéter 17. El ultimo recuerdo de ese día, son las palabras de un jugador del equipo contrario, que decían: “Estábamos tan cerca de la victoria, hubiésemos ganado si ese chico del suéter 17 no hubiese jugado”. Entonces entendí y respondí el interrogante que tenía sembrado en mi cabeza: El Suéter 17 debo colocármelo cuando sea la hora de la victoria.

El querubín.

cámara point and shot. contra picada.

En la ciénaga de la virgen

fotografía con cámara análoga, 20*15. velocidad:600 diafragma: 5

En gajo

Trasmayo

El pajarito

El pajarito

Yo nunca llegué a familiarizarme con ninguno de los juguetes que tuve, pero recuerdo que la amistad que no pude encontrar en un juguete, me la dio un pájaro.
Filiberto era un pájaro que es conocido como “pirra”, su plumaje se distribuía entre un color café claro y un negro que cuando se ponía al sol lanzaba destellos tornasolados. Sus patas eran delgadas, sus pico negro y puntiagudo, sus ojos negros y profundos y aunque estaba enjaulado su aleteo hacia parecer que estuviera en el cielo, libre. Tenía tres formas de trinar. Filiberto era mi mejor amigo.
A él lo atrapé un día que había llovido de madrugada, como a las 9 de la mañana en un terreno baldío cerca de mi casa. Lo saqué de la trampa en la que cayó y lo metí en una jaula de angeo de forma cúbica y de poco tamaño. Después de atraparlo caminé hacia mi casa y cuando llegué, lo cambie a otra jaula más amplia. Al principio de su cautiverio era arisco y se estrellaba contra las paredes de la jaula buscando un hueco por el cual escaparse, pero después de aproximadamente diez meses se resigno a perder su libertad y se comportaba manso, tan manso que me atrevía a soltarlo por unos 30 minutos para llamarlo después a que volviera a la jaula.
Precisamente esa libertad que lo dejaba sentir por unos minutos fue la causa de su desaparición. Un día lo solté a eso de las 8:00 am y como estaba ocupado haciendo el desayuno lo dejé más tiempo del acostumbrado fuera de su jaula. Una hora después de haberlo soltado, salí a buscarlo por todos los árboles de la cuadra, silbaba la melodía con la que lo llamaba para que el regresara. Mientras miraba en el interior del follaje de los árboles pensando que me estaba jugando una broma.
Cuando llevaba más o menos 10 minutos buscando, una vecina me preguntó que sí estaba buscando un pájaro, yo le dije que sí; ella me mostró en sus manos a Filiberto muerto.
Me dijo que su gato lo había atrapado cuando estaba en el suelo comiendo piedrecitas. “El gato el gato lo atrapo y lo asfixio, cuando se lo iba a comer, yo se lo quité” me dijo. Yo se lo arrebate; miré su cuerpo buscando algún signo de vida, lastimosamente ya no los tenía. Lo llevé a mi casa y lo sepulté en un pequeño hueco en el suelo del patio. Su muerte me dolió tanto que lloré y me sentí triste por muchos días.

DANIEL ENRRIQUE MENDOZA BENÍTEZ