Como si estuviera muerto, era un zombi, uno de los tantos que durante el día yacen en féretros de cartón; acomodados en las ruinas de lo que cualquier día antes que las obras del sistema integrado de transporte masivo Transcaribe comenzara, fue una vivienda o un local comercial, y hoy es el cómodo panteón que protege su paupérrima condición de cualquier agravante.
Su desventaja en la ley del más fuerte -predominante en la vida de la calle- lo obliga a mendigar. Las sobras en las panaderías y restaurantes cercanos a su zona de acción, que no es más allá de dónde sus piernas le den, le proporcionan almuerzo y desayuno, aunque pensándolo bien sólo sería almuerzo, pues se levanta cuando el sol está en pleno esplendor, en lo más alto del firmamento y el calor se hace insoportable en ésta ciudad, hora en que las gentes normales almuerzan. La cena la sustituye por Bóxer, su sistema nervioso se distrae con la “traba” y los gritos del estomago se hacen inaudibles.
Quizás, si es muy atento a las lecciones de sus maestros, su futuro como limpia vidrios o vendedor de dulces-en el mejor de los casos para la sociedad- estará asegurado o tal vez cuente con mejor suerte y conozca a un padrino que lo introduzca al arte del hampa, tendrá una vida digna de capo.
¿De dónde es? Unos dicen que es del interior del país.
- Se vino porque cuando su padre murió, su mamá le consiguió un padrastro que lo maltrataba; un día cansado de su situación subió como polizón a una carga de papas que venía a Cartagena.
Otras versiones indican que es hijo de la miseria de las faldas del cerro de La Popa.
-Es un bastardo que su madre no pudo abortar. La consumación del desprecio que no logro con el aborto se lo dio en vida desde pequeño.
Muchos cuentan sus versiones con propiedad sobre su proceder, todas diferentes. De lo único que se tiene certeza es que llego aquí para quedarse.
El día que lo vi por primera vez, yo estaba en un hospital con un familiar que había llegado de urgencias por un dolor estomacal- urgencia que duró al menos 2 horas para ser atendida- .Eran las doce de la noche, a través de la ventana del hospital vi un chico enteco que caminaba descoordinado, hacia paradas repentinas para inhalar pegante de un frasco trasparente y hacia muecas.
Torcía la boca levantaba las cejas y lanzaba sonrisas por doquier. Sostenía en una mano la botella donde llevaba el pegante y la otra la acomodaba en su cintura. La brisa jugaba con Los andrajos que le cubrían el cuerpo.
A nadie en la sala de espera pareció importarle el paso de aquél Zombi, yo volví la mirada hacia el enfermo que acompañaba y al regresar a la ventana ya no estaba. Se había camuflado entre putas, locos, drogadictos, celadores, borrachos, otros mendigos y personas que a esa hora se confunden entre las sombras y la oscuridad.
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